EL ORIGEN
El origen del vino es tan incierto como antiguo y, quizá por ello, el nacimiento de la vid fue argumento frecuente de mitos y leyendas y se vio rodeado de un halo de misterio en distintas civilizaciones antiguas. Los vestigios más remotos que se han encontrado hasta la fecha se sitúan en un yacimiento arqueológico en las montañas de Zagros, al noroeste de Irán, donde se hallaron restos de una vasija de barro que pudo contener vino. Un investigador norteamericano –Patrick McGovern, de la Universidad de Pensilvania- los dató hacia el año 5.000 a 5.400 antes de Cristo. Otros descubrimientos arqueológicos –éstos, en tierras situadas a ambos lados de los Alpes- revelaron la existencia de semillas de vid de variedades cultivadas por el hombre en el Neolítico.
La mitología griega recoge diversas fábulas sobre el nacimiento de la vid, algunas de las cuales coinciden con las creencias egipcias y consideran el vino un regalo de los dioses, de Apolo y Marón (abuelo de Dionisios) -en el caso de los griegos- o de Osiris -según los egipcios-. En la antigua civilización egipcia, el vino era un bien muy apreciado y se ha comprobado que se dispensaba en jarras identificadas con el año de la cosecha y el nombre del bodeguero. En Mesopotamia, 2.000 años antes de Cristo, el Código de Hammurabi establecía las normas que debían regir el comercio del vino.
El cristianismo –así aparece en las Sagradas Escrituras- reservó a Noé el honor de ser pionero en plantar la vid, exprimir su fruto y beber su jugo. También se apunta como el primero en embriagarse al no conocer los efectos del consumo excesivo de la más noble de las bebidas.
En Europa, griegos y romanos fueron los responsables de la extensión del cultivo de la vid y la producción de vinos en las tierras que paulatinamente fueron colonizando o conquistando. Desde Marsella, llegaron las primeras cepas a las colonias griegas de la Península
Ibérica. Y, posteriormente, los romanos las extendieron por sus dominios y popularizaron los vinos de Hispania entre los consumidores de todo el Imperio. Isidoro de Sevilla menciona en sus escritos -600 años a. C.- más de 25 variedades de vinos españoles. Aparte de actuar como embajadores de la producción vitivinícola, los romanos aplicaron en Hispania sus novedosas técnicas de cultivo, basadas en el estudio y análisis de los terrenos. El Somontano, la comarca en la que Viñas del Vero produce sus vinos, fue una de las elegidas por los expertos de la época.
Durante la Edad Media, las órdenes monásticas dieron un gran impulso a la ciencia que se ocupa del estudio y la elaboración de los vinos. Cada convento o monasterio solía tener su propio viñedo para autoabastecer su bodega y utilizar los vinos en las celebraciones religiosas. Las comunidades de monjes cistercienses de la región francesa de Borgoña se empeñaron en mejorar la calidad de su producción y consiguieron grandes avances que todavía hoy se tienen en cuenta.
Con el descubrimiento de América, las viñas viajaron al nuevo continente, donde se plantaron con éxito. Pero, sin duda, el despegue definitivo de la industria vitivinícola se produjo tres siglos más tarde. La burguesía comenzó a florecer en Europa y a reclamar unos vinos de mayor calidad, aun a costa de pagar precios más elevados.
La pujanza de la producción de vinos se vio detenida en la segunda mitad del siglo XIX. Unas cuantas vides americanas importadas por un viticultor de Burdeos (Francia) eran portadoras de un pequeño insecto que vive sobre las raíces de las cepas y se alimenta de su savia. La filoxera estuvo a punto de acabar con las vides de todo el mundo, pero se frenó a través de injertos en plantas de procedencia también americana. En la actualidad, la producción de vinos ha recuperado e incluso ampliado el esplendor de épocas pasadas y hoy se cultivan en el mundo poco menos de nueve millones de hectáreas, que hacen posible una producción de 30.000 millones de litros al año.
